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CRÓNICAS

Las otras caras

Por Facundo Sánchez


Si en algún lugar nos preguntan por Río Cuarto, vamos a lo seguro. Pensamos en alguna personalidad que haya tenido relevancia a nivel nacional o internacional y lo nombramos, como para lograr que sepan de dónde vinimos. Entonces vamos con Pablo Aimar, con el Popi Bracamonte, con el caso Nora Dalmasso o con el periodista Mario Masachessi. Incluso sacamos el pecho cuando contamos que Guido Herrera fue convocado a la selección. Pero más acá, más cerca de nosotros, Río Cuarto tiene sus personajes que rompen con la lógica de la prensa y que son conocidos por mucha gente, producto simplemente de andar las calles todos los días. Personajes que viven y forman parte de la idiosincrasia local, a causa solamente del “boca a boca”

Aldo debe tener más de 30 años. Pasea el centro con su carrito metálico cargado de películas en formato DVD. Usa una gorra azul que lo protege un poco del sol que pega cada vez más fuerte en las mañanas de una primavera que se va despidiendo lentamente entre hombres de traje y transeúntes apurados. Aldo anda entre ellos. Les sonríe. Ofrece alguna película con poca timidez. Saluda a todo el mundo. Sabe que la gente lo conoce, que se acuerdan de su cara. Que se saben su nombre aunque él, quizá, no pueda guardar en su memoria la cara de todos aquellos que lo saludan en las veredas del centro de Río Cuarto. Detrás del ruido metálico del carrito cuando repiquetea en las veredas, viene Aldo, con su gorra azul ofreciendo películas, con una sonrisa esbozada en los labios.

Hugo quizá supere los 50 años. Se lo suele ver en la renovada Plaza Olmos tomando mates con grupos de adolescentes que dejan que la tarde se pase lenta entre el pasto verde y los ruidos del microcentro. Pero Hugo supo estar en todos lados y en ninguno al mismo tiempo. “Hola, hijo como te va”, dice el hombre de pelo algo canoso y lentes con la voz medio temblorosa. Su carácter particular genera que su nombre circule la ciudad de norte a sur. Excelso jugador de metegol, de pool y un avezado conocedor del arte y la literatura, Hugo desanda las calles del centro de la ciudad con el afán de ir dejando historias entre aquellos que tengan el placer de compartir con él un rato. A veces, elige una forma de entrar en las conversaciones que deja en silencio a quien no lo conoce: “Hija, acá no se puede fumar porque es un espacio público”, le dijo una vez a una chica en la misma plaza. La joven lo miró asustada y aflojó los dedos del cigarrillo como para soltarlo al piso. “¡Es una broma, hija, por favor!”, remató Hugo tomándola de los hombros en una expresión de cariño.

El club Banda Norte sabe muy bien de quién se trata. El pelé, forma parte de la historia viva de la entidad del Parque Sarmiento. Siempre presente en los entrenamientos, en los partidos de cualquier deporte y en cualquier evento que se lleve a cabo en la sede de “El Lobo del parque”, el pelé va a estar por ahí. De pelo negro bien oscuro y ojos color de noche, anda siempre con alguna ropa color verde en las cercanías del parque, en la Avenida e incluso también se lo suele ver en el centro. Todos y cada uno de los que participan en Banda Norte, lo conocen y lo saludan cada vez que se lo cruzan. Quizá con un poco de timidez, siempre, al medio de la cancha o entre las sombras, el Pelé cuenta alguna historia de color verde, del color del parque.

“Flaco, subite a la vereda”. “Flaco, mirá para adelante y dame el boleto”. “Flaco, pasa y sentate, dale”. Lejos de la amabilidad y con cara de pocos amigos, el Marito se encarga de poner un poco de orden en aquellos ámbitos públicos que demandan la presencia de alguien como él. Conocido ampliamente por toda la ciudad, Marito forma parte, también, de la historia de Río Cuarto. Presente en los bailes, en los colectivos y en todo tipo de espectáculo masivo que se lleva a cabo en la ciudad, el Marito y su riñonera siempre se llevan la mirada de los presentes, haciendo algo que marque su presencia. Pasó a los ojos de todo el país, cuando hace ya varios años participó de los 30 segundos de fama en el programa de Marcelo Tinelli, cuando se había pasado a canal 9. Bailó un tema de Jean Carlos. Todos acá sabíamos que era su fuerte, pero los sonidistas porteños le pusieron una cumbia del cantante dominicano. Te quiero cada día más, era un tema que quedó muy lento al lado de la velocidad de la cadera de Marito. Tinelli se le rió en la cara cuando dijo que bailaba cuarteto hace dos días. A él, poco pareció importarle. Supongo que porque sabía que después de ahí, sobrarían los escenarios urbanos que le dieran el momento para cuartetear tranquilo, como los colectivos o las veredas de la ciudad. Una vez, una pilchería llevó un cartel con su nombre y su foto.

Siguiendo por Banda Norte, en la calle Muñiz, se lo suele ver con dos botellas de plástico pasando arena de una a la otra, jugando como si fuera un reloj. No conozco su nombre, tampoco si tiene algún apodo. Es pelado y se sienta con las piernas bien abiertas en los montículos de arena de las obras en construcción. Pasa arena de un recipiente a otro y no deja de sonreír un segundo. Mueve su cabeza hacia todos lados, siempre mostrando los dientes. El sonido de la los autos que van y vienen por Muñiz parece importarle bastante poco. Con las botellas de plástico y la arena, alcanza. Hace varios años, se lo encontraba con frecuencia en la esquina de Muñiz y Estados Unidos. Hoy, generalmente está por la misma calle, pero más cerca de las vías. Ahí hay un montón grande de arena y quizá eso representa para él, su lugar en el mundo.

“¿Y eia?” grita el coquito cuando le tocan un bocinazo y lo saludan en los semáforos de la Avenida España. Cuando el rojo se lo permite, pasa con su bastón entre los autos detenidos, pidiendo alguna moneda. El coco es casi ciego, pero ya conoce todos los tiempos y todos los movimientos. Pasa entre los autos, te pide una moneda. Si le das algo, te pregunta el nombre y charla un poco con vos. A veces se lo suele ver discutir con los malabaristas. El semáforo de la Avenida España parece un territorio en disputa permanente, pero el coquito, el pibe albino y ciego de esa esquina, pero que viene del sur de la ciudad, ya parece tenerlo comprado.

“Amigo, ¿tenés un cigarrillo?”, “Feliz día del padre, feliz día del amigo, feliz navidad”, dice mientras la gente pasa por la vereda sin mirarlo a los ojos. Esa es la carta de presentación de alguien que se hizo muy conocido en la ciudad hace varios años, por meter una cuota de originalidad para pedir una mano.
– “Hola, ¿Vos me querés a mí?”
– “Si”, respondían con timidez todos los interrogados.
– “Bueno, dame una moneda”, respondía a secas.
Te quiero pero no para tanto, decían todos y seguían el camino con una sonrisa. Algún otro, quebraba ante la originalidad, aflojaba el bolsillo y soltaba algo. Hoy, sigue en el centro, con sus rulos desordenados, desandando los alrededores de la plaza. Cuando consigue que alguien le dé un cigarrillo, se lo fuma en unos pocos segundos y sigue camino pidiendo otro.

En la esquina tradicional del acordeón, al frente, en las vías, el hincha de Boca tiende sus trapos y sus banderas frente a una suerte de mangrullo ferroviario golpeado por el paso de los años. Siempre algún trapo de color azul y oro decora el pequeño pedacito de asfalto que une la calle Quírico Porreca con la Avenida Reforma Universitaria. “Somos la mitad más uno”, dice una de las banderas. En algún momento, vendía camisetas. Hoy, parece solo tener los recuerdos, pero permanecen los colores.

“Hola, ¿te querés casar conmigo?”, pregunta el maxi a alguna señorita que camina por el centro. Pero él y todo el mundo saben que su terreno más fuerte es la Universidad, por un lado y La Copla, por otro. Ahí, todo el mundo lo saluda y él se frena a hablar en cualquier grupo que encuentre. Camina por el comedor e incluso suele ser figura constante en los peñones que se organizan en el club Banda Norte. El maxi es un charlatán y un enamoradizo repentino. Y así anda, saludando y vendiendo números para alguna rifa.

Río Cuarto guarda en sus rincones, personajes que van forjando su identidad como ciudad, pero también como pueblo grande que atesora estas personalidades en el cajón más cálido de su memoria. Ahí duermen el viejo del árbol, la Matilde y el pata e queso. Ahí vagan todos aquellos que dejaron, desde el dolor del olvido y desde la alegría de la espontaneidad, una marca en la historia digna de esta ciudad.

Río Cuarto tiene sus personajes que pintan con colores distintos una ciudad de hombres de traje que andan urgidos por el centro y jóvenes con auriculares. Personajes que se encargan de ir armando, de a pedacitos, historias y anécdotas para que, quienes las vivan, tengan en algún momento, un asado para contarlas y hacerlos vivir en ellos.

Personajes que, pese a que parezca pintorezco, revelan también gran parte de nuestras miserias como sociedad, víctima de un modo de jugar que nos empuja. No largar una moneda en el semáforo, levantar la ventanilla del auto, cruzarte de vereda si ves que viene y te va a pedir, esconderte porque “es re pesado”. Es esa misma actitud esquiva la que les da vida a estos personajes que, pese a vernos tantas veces la espalda, insisten cada uno de los días en las calles, en querer contar una historia y hacerte parte de la misma, aunque te les rías en la cara y los trates de boludos. A ellos no les importa. Se conforman con otra cosa, mucho más sencilla de lo que podemos llegar a imaginar.

Lunes 3 de diciembre

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