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ENSAYOS

El dueño del juguete

Por Agustín Hurtado

Por Al Toque Deportes


“No puede ser que haya dirigentes irresponsables que desfalcan al club, se hacen ricos ellos o son incapaces y no tienen consecuencias”, la frase, que parece tener cierto sentido, le pertenece al presidente Mauricio Macri, y es su argumento de cabecera (o al menos el políticamente correcto) para alentar el ingreso de las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) al fútbol argentino. Este es uno de los proyectos que el Ingeniero de la Rosada viene trabajando desde la década de los 90, cuando empezó su carrera política en Boca.

El argumento es similar al que utilizó para llegar a su actual posición. Cómo los dirigentes de la vieja escuela son corruptos o ineficientes, dejemos que los criteriosos, bienintencionados y eficaces empresarios se ocupen del asunto. Partiendo de este supuesto, la idea del presidente es: con el actual modelo los clubes están fundidos y no dan rédito económico. Por eso las instituciones deben abrirle las puertas a los gustosos emprendedores privados que saben cómo hacer buenos negocios.

Cuando presenta este argumento, el presidente se olvida de las consecuencias negativas. Si el club se convierte en empresa, deja de ser de los socios y pasa a tener dueño. Deja de ser de muchos y pasa a ser de uno solo.

El ingreso a un club de una SAD implica la compra de sus acciones por parte de una firma sin una “cara visible”. Es decir, deja de ser una Asociación Civil sin fines de lucro y pasa a ser una empresa privada. Entre otras cosas esto implica que los socios del club dejan de tener voz y voto. La entidad pasa a ser controlada por un directorio, con un gerente a cargo.

En las asociaciones civiles hay una Comisión Directiva que se reúne, debate y vota por mayoría.  En una SAD está solo el presidente del directorio que compra, vende, saca, pone, contrata. Todo unilateralmente. Los clubes se transforman en empresas y terminan manejados comercialmente por grupos económicos. Además, las SAD no tendrían el mismo control estatal que tienen las asociaciones civiles por parte de la Fiscalía de Estado. Si los socios consideran que sus derechos fueron vulnerados de alguna manera, pueden denunciar para que la fiscalía intervenga, llame a asamblea y se elijan nuevas autoridades. En un club sostenido con capital privado, eso se perdería.

El modelo no es nuevo. España, Italia, Inglaterra, Alemania, Chile, Colombia y Brasil, entre otras lo poseen. Para más datos, en una nota de la revista Un Caño (El fracaso del Fútbol SA) se detalla cómo el modelo ha fracasado en casi todos esos países. Los únicos que han podido adaptarse bien son los germanos, que sólo le permiten a la empresa tener el porcentaje minoritario del club, para que sean los socios los que aun mantengan el control.

El transformar a los clubes en empresas encierra un debate no sólo económico, sino también, ideológico y político. Las Asociaciones Civiles cumplen en Argentina funciones sociales cómo el esparcimiento, la educación, la salud y la contención. Son entidades claves en la conformación de identidades barriales. No se puede pensar a estas instituciones como si fueran multinacionales que se manejan en el mercado de valores.

Desde la Liga Regional dicen que este debate está muy lejos de afectar aquí, aunque tienen una posición muy clara: “Los clubes son de los socios y para los socios”. De todas maneras, uno podría imaginarse cuáles serían las consecuencias de ver a una de las instituciones tradicionales de la ciudad convertida en Sociedad Anónima.

Se puede poner un ejemplo exagerado, aunque posible. Un magnate agropecuario de la zona se le ocurre invertir en Centro Cultural Alberdi. Arma una SAD (Pueblo Alberdi SA) y se transforma en el dueño de una institución que tiene más de 400 socios, una sede social en la que se encuentra, una cancha de básquet y un predio en el que están las canchas de fútbol grande y de inferiores. En esos ámbitos, no sólo juegan al fútbol más de 300 jóvenes y niños sino que además, funcionan talleres del proyecto de Universidad Barrial. Sin contar otras actividades, como las de las canchas de bochas.

Ahora bien, este señor, entiende que el básquet no le está dando rédito al emprendimiento, que la gente no va a la cancha y que la actividad no se autofinancia. Entonces decide darlo de baja para concentrarse en el fútbol. No habría forma alguna en que los socios pudieran evitarlo. Lo mismo ocurriría si a la empresa se le ocurriera construir un nuevo estadio y abandonar el tradicional enclave del Trampero. También podría cambiarle el nombre y ponerle uno parecido a los que tienen los estadios de Europa, algo así como “Alberdi´s Arena” o  que consiguiera un sponsor que le “prestara” su denominación para transformarlo en el “XX Colliseum”. Sería un golpe a la identidad, no sólo del club, sino también del barrio.

El ejemplo, aunque algo distante, sirve para escenificar lo que implica la transformación de un club de barrio, en una empresa privada. Aquello que es de muchos, que cumple una función para un gran número de personas, pasaría a ser de uno. El juego comunitario y compartido, se convertiría en el juguete de uno sólo.

Viernes 9 de noviembre

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