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ENSAYOS

Contra lo normal

Por Facundo Sánchez

Por Federico Alonso


Sentarse en un banco de una plaza cualquiera, con los pies colgando y ver que el mundo tal como lo conocemos, tal como está, no está bien. Partir de esa premisa para buscar cambiar el orden de lo establecido hasta hoy. Cuestionarse los principios fundamentales de todas las cosas. Preguntarse, mientras esperás la fila para pagar los impuestos: ¿Por qué las cosas son así? ¿Por qué no pueden ser de otra manera?

Pararse en la línea del tiempo y mirar hacia atrás. Observar que las cosas no siempre fueron como son hoy. Observar que las realidades han cambiado de manera abrupta y radical y con una intensidad mucho más marcada en los últimos años, producto de la globalización y de un mundo sucumbido constantemente en una vorágine acelerada que parece no detenerse nunca.

Detenerse, en este pequeño fragmento de la línea del tiempo que forma el hoy y observar atrás. Observar las realidades disimiles que todas las sociedades fueron pasando a lo largo del tiempo. Y vernos hoy. Modernosos, distintos, cambiados. Pero pese a todos los cambios que se fueron dando a lo largo del tiempo, siempre existió, y probablemente va a seguir existiendo, un grupo muy numeroso de personas, que demostrará una resistencia a los cambios. Que va a demostrar su interés por mantener todo como está. Por dejar las cosas así. Porque no se sabe qué puede venir después de cada cambio. Y la incertidumbre, es algo que ya se toma como malo, sin importar los posibles resultados.

Resistirse a cambios en la estructura familiar papá varón, mamá mujer, hijo varón que va a fútbol, hija mujer que va a patín. Resistirse a la modificación respecto a la concepción de los colores: rosa de nena y celeste de nene. Resistirse a los cambios respecto a lo que la historia misma ha demostrado: “Sarmiento fue el gran maestro argentino. Eso de que quería matar a los indios es un invento. Y si así hubiera querido, no estaba mal, porque la desaparición de los indios, permitió que nosotros estemos hoy acá”. Resistirse a cambiar la última letra de las palabras con el fin de igualar e incluir a quienes no se sienten incluidos ni siquiera por el lenguaje. Resistirse a nuevas visiones. A nuevas formas. Resistirse a los cambios por temor al cambio mismo. A no saber qué puede venir después. Perder la capacidad de sorpresa. Oxidarla.

En esa intención obsesiva de mantener todo como está, siguen pasando cosas, que representan un tironeo entre los que quieren cambiar porque observan que las cosas como están, están mal, y los que no quieren cambiar porque consideran que: o ese cambio que se plantea no es el camino adecuado, o que las cosas están bien como están. El proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo y la discusión sobre la ley de Educación Sexual Integral en nuestro país, se emparentan con lo que sucede en Brasil y con lo que ha sucedido en Francia y Estados Unidos  y viene pasando en diferentes partes del mundo. Los sentimientos conservadores ya no se esconden, sino que se expresan con una saña avalada por el temor al cambio y las consecuencias en el entorno personal.

El triunfo de Jair Bolssonaro en Brasil implica el triunfo claro y transparente de la derecha neoliberal, fascista y xenófoba. No es un capricho. No lo decimos porque sí. El propio Presidente electo del Brasil lo reiteró en varias oportunidades. Su oposición a los homosexuales, a las políticas de género, a la llegada de inmigrantes y su cercanía ideológica con Donald Trump, ponen en manifiesto una visión de poder que estremece, ni más ni menos a las minorías, no solo de Brasil, sino de toda América Latina. El festejo de los resultados de las elecciones con las Fuerzas Armadas en las calles, expresa claramente ese intento por mantener, a través del estado, las cosas como están. Como supuestamente tienen que ser, según el orden que tenían las cosas como las vimos cuando éramos chicos y nos sentamos en un banquito de la plaza con las piernas colgando.

Resistirse a los cambios, es resistirse a la posibilidad de sorprenderse, de darle lugar a las novedades en un mundo atestado por cosas comunes. Resistirse a los cambios es perder la posibilidad de estar un poquito más cerca de la libertad y sentirla como un viento que golpea la cara con suavidad, como para despertarte de manera amable. Oponerse a que las cosas cambien, ya sea en Argentina, en Brasil o en cualquier lugar del mundo, implica una resistencia basada en no querer arriesgar nada, siendo que el hecho de estar vivos en un mundo como el nuestro, el hecho de estar vivos ya constituye un riesgo con el que caminamos todos los días.

Desde ese día que desde la plaza, sentados en el banco, con los pies colgando y balanceándose hacia atrás y hacia adelante y vimos el mundo tal como está, existieron dos posibilidades. La primera, conformarse con cómo está y solamente vivir de acuerdo a lo corriente. O una posibilidad anexa a la primera también puede ser entender que las cosas como están, no están bien, pero no hay nada que uno pueda hacer para cambiarlas y que no van a cambiar nunca.

La otra posibilidad es que, al ver el mundo tal como estaba, nos sorprendiera lo injusto, nos indigne lo indiferente y nos hierva la sangre. La otra posibilidad era ante ese escenario, enojarse, enojarse mucho y moverse para que se pase. Caminar las calles todos y cada uno de los días, con la convicción en la frente y las teorías en la espalda, intentando, no solo cambiar el orden de las cosas, si no también demostrar que este todo como es, puede ser diferente. Y al decir diferente, decimos mejor y más justo. Un mundo en el que vivir no sea un suplicio de limpiar vidrios ni salir a robar porque no queda otra. Un mundo de puertas abiertas, de abrazos y besos, de regalos y paseos. Un mundo en el que cada uno pueda querer sin tener que rendir cuentas, un mundo en el que los niños tengan la libertad de poder crecer desde el juego y el arte y no desde el trabajo.
Un mundo en el que lo normal sea andar sonriente, libre y tranquilo.
Un mundo en el que entremos todos. Divinos, hermosos, sonrientes.

Iguales.

Lunes 29 de octubre

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