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ENSAYOS

Un año de silencio

Por Facundo Sánchez

Por Adriana Moyetta


Hace un año desaparecía Santiago Maldonado. Hace un año que su nombre camina por el inconsciente colectivo. Hace un año que los que militan en organizaciones sociales y culturales se volvieron a preguntar ¿Y si lo que le pasó a Santiago le pasa a uno de nosotros?

 

Todo comienza cerca de enero del 2017, cuando Chubut y el Pueblo Mapuche empezaron a llamar la atención en la agenda de los diarios del país por la protesta de tierras que, desde hace unos años, pertenecen a la multinacional Benetton. Hubo represión policial y un gobernador, Mario Das Neves, que tomó una postura proteccionista con las fuerzas de seguridad y en contra de los nativos y su reclamo.

El 28 de Junio se abrió un nuevo capítulo de una novela que todavía no tuvo final, pero que lleva un largo stand by. Facundo Jones Huala, Lonko de la comunidad Mapuche que tenía pedido de captura por la justicia chilena, es detenido por Gendarmería en Bariloche. A partir de ese momento, los hechos se precipitan.

En ese momento comenzaron las protestas en las calles para pedir el traslado de Jones Huala a Esquel. El 31 de julio 9 manifestantes fueron detenidos y varias mujeres resultaron heridas tras un enfrentamiento con Gendarmería. La misma fuerza de seguridad que sería protagonista de todos los hechos, incluso días más tarde.

El 1 de agosto, horas antes de la desaparición de Santiago, apareció una foto que certificaba la presencia de Pablo Noceti, Jefe de Gabinete de la Ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, en la resistencia Pu Lof del departamento Cushamen en la provincia de Chubut. Cerca de las 17:00 Gendarmería comenzó con los disparos. Primero desde la ruta. Minutos más tardes rompieron los límites, cruzaron el alambrado  y se metieron en tierras mapuches y para perseguir a los manifestantes. Su límite es el río.

Santiago Maldonado no apareció después del violento episodio. No está con Gendarmería. No está con los Mapuches. No está detenido. Después del 1 de agosto, Santiago ya no estaba en ninguna parte.

A partir de ese momento, los hechos se trasladaron a las palabras, a la información. O a la desinformación. A dimes y a diretes. A especulaciones malintencionadas. Los malabaristas de la información empezaron a revolear hacia arriba el dolor de una familia. Muchos twitteros, enojados, mordían el teclado con rabia. Las rastas, sus supuestos piojos, su trabajo de artesano, su pinta, su protesta. Estaban enojados. Los enojaba que otros se preguntaran y se preocuparan por una persona desaparecida. Estaban ofuscados. Y twitteaban. El enojo y twitter no siempre son una buena dupla, pero siempre dan qué hablar.

Ser artesano hace alusión, según los diccionarios, a quien hace por su cuenta objetos de uso doméstico, imprimiéndole su sello personal. Después de la desaparición de Santiago Maldonado, muchos nos enteramos que ser artesano quería decir otra cosa. Algo vinculado a los conceptos Hippie, sucio, piojos, rasta, vago, entre otras tantas acepciones, algunas mucho más agresivas que las citadas.

Pero la búsqueda seguía. Cuatro días después de la desaparición, Sergio, hermano de Santiago, confirmó mediante una declaración de Gendarmería que su hermano no estaba detenido. Gendarmería no lo tenía. Santiago no estaba, ni va a estar.

Que lo levantó un camionero. Que en Entre Ríos existe un pueblo donde todos son iguales a Santiago. Que se ahogó por boludo, porque se quiso escapar por el agua y no sabía nadar. Que lo tiene gendarmería muerto, pero que no se animan a dar la cara. Que está en Chile. Las hipótesis saltaban por debajo de las baldosas y se asomaban por detrás de los arbustos. Ninguna conformaba a la familia. De hecho, pasaba todo lo contrario.

A partir de ese momento. Un nuevo protagonista. En realidad dos, estrictamente vinculados. Los medios de comunicación y su aliado quizá más peligroso, las redes sociales. Algunos pueden tomar a ambos como parte de lo mismo. Pero quizá, su análisis por separado permita explicar su potencialidad direccionada en la formación de opinión.

Los medios publicaban, el público leía, veía y escuchaba. Y volvía a publicar. El ciclo funcionaba de manera mecánica, pero aterradora. El odio iba caminando como con tranquilidad sobre una montaña rusa de opiniones cruzadas. El estado es responsable, decían algunos. Otros, decían que no creían en las casualidades y que su desaparición a solo semanas de las elecciones, sonaba raro. Sí. Raro.

Las balas que ya no volaban en Cushamen, volaban en twitter y en Facebook en forma de palabras. El dolor de la familia formaba parte de un segundo plano que todo el mundo ignoraba. Y así, su padre y su hermano, quienes más lidiaron con las presentaciones mediáticas, tuvieron que vivir bien de cerca cómo se dividía el país, aparentemente, en dos. Y aparece allí, otra vez, la famosa grieta.

Por un lado, una parte del país, desde sus computadoras, insultaba a Santiago Maldonado y a quienes defendían su causa. Y se ahogó porque no sabía nadar. Y que se cague por hippie. Y si estuviera laburando como toda persona de bien eso no le hubiera pasado. Del otro lado, miembros de organizaciones sociales y militantes de diversos ámbitos comenzaron a movilizarse por todas las ciudades del país para exigir la aparición con vida (que en ese momento ya todos suponían que era una quimera) de Santiago. Por injusticia, por observar la dudosa forma de proceder del ministerio de Seguridad de la Nación liderado por Patricia Bullrich, por empatía, por miedo.

Dos marchas se llevaron a cabo en la ciudad de Río Cuarto, como en la mayoría del país. Una, la primera, al mes de su desaparición y la otra a los dos meses. No hizo falta una tercera. El 17 de octubre Gendarmería anunció que, tras dos meses y medio de rastrillaje, encontraron un cuerpo a la vera del río Chubut. El mismo, después de un examen de ADN y del reconocimiento por parte de la familia, coincidía con el de Santiago Maldonado. Apareció. Muerto. No tenía signos de golpes ni marcas en su cuerpo. Murió. Ahogado y por hipotermia.

 

***

Agosto en Chubut. Si en el centro del país es frío, no es empresa fácil imaginarlo en el sur, donde el viento corta en seco las mañanas, cerca de las montañas hermosas con nieve en la cima. Existen quienes consideran que Santiago se tiró al río y se ahogó porque no sabía nadar. Desde lejos, en el calor de nuestras casas y con la mano sobre el teclado, nos damos el permiso de pensar otra cosa. Que las balas lo rozaban, que los gritos lo atormentaban, que los sonidos de los pasos se le abalanzaban en medio de un terreno que el desconocía. En un momento el río. Y las balas que le susurraban secretos terribles al oído. Y la opción de tirarse al río. Como para escapar. Como para no entregarse. Como para huir al temor de un “no saber qué va a pasar” que lo aturdía.

Entre las marchas que se hicieron para exigir su aparición y las posteriores, llevadas a cabo para exigir justicia, quienes no podían regresar cómodamente a sus casas porque las calles de alrededor de la plaza estaban cortadas, se quejaban. Y otra vez “vayan a laburar, vagos”, “tírenles una pala y vas a ver cómo se van todos de ahí”. Y otra vez no sentir la posibilidad cercana del dolor. Sentir que eso que le pasó, le pasó porque se lo merecía.

Entre las marchas y después de todo el ruido virtual generado por tres meses en el caso de una desaparición que movió toda la escena política y social del país, caminaba de manera silenciosa, la atormentadora idea de volver a temer. De empezar a pensar, otra vez, en qué haríamos si eso le pasara a algún compañero, a un amigo, a un hermano. De barajar la idea tortuosa de entender de qué manera reaccionaríamos si Santiago fuera uno de los que vemos todos los días. Alguien que conociéramos. Y creo que por esa noche y quizá alguna más, nos costó conciliar el sueño.

Después de un año. Después del odio. Después de los tratamientos irresponsables por parte de los medios de comunicación. Después de las desprolijidades oficiales, desde el Portal Universo, nos seguimos preguntando:

¿Qué hicieron con Santiago Maldonado?

Miércoles 1 de agosto

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