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CRÓNICAS

Tomando el aire

Por Bruno Aricó

Por Verónica Franco


“Saludamos a todos los oyentes en una transmisión histórica desde la 97.7 FM Radio Universidad. La radio, así como toda la Universidad Nacional de Río Cuarto, ha sido tomada”.

Ya era viernes 31 de agosto, aproximadamente las 2 de la madrugada. Estas fueron las primeras palabras que se pronunciaron en lo que, a partir de ese momento, era la Radio Universidad Tomada. El encargado de abrir la transmisión fue el operador Luis Lasalde, junto a mi compañera Lucía Goicoechea y quien escribe estas líneas. Fue la única intervención al aire, de los nueve días que duró la toma, de uno de los compañeros no docentes. Creo que necesitábamos ese empuje, esa ayuda inicial para abrir una programación totalmente nueva, en un contexto especial por donde se lo mire. Sin la colaboración de los operadores de Radio Universidad a lo largo de esta aventura, no hubiésemos podido llevar a cabo la difícil tarea de constituirnos como el medio de comunicación oficial de la toma. Su trabajo, silencioso, detrás del vidrio, siempre atentos a los locutores que iban pasando por el piso, permitió mantener la pulcritud del aire de la radio. Esa primera noche fue, quizás, una especie de reconocimiento al trabajo que se realizaría durante los siguientes días. Por primera vez en mucho tiempo, Radio Universidad salía al aire en vivo a la madrugada, y nosotros estábamos siendo parte de una transmisión histórica para la emisora. Cuando por fin cerramos la primera noche (en realidad, las primeras horas) de transmisión de la toma, allá por las 5 de la mañana del viernes, pude frenar un poco y pensar cómo llegamos hasta ahí.

El día jueves 30 de agosto, el país sufrió una sacudida estrepitosa. En Río Cuarto se dio por la mañana la gran Marcha Nacional Educativa, con una asistencia de casi 5.000 personas, en defensa de la educación pública, libre, gratuita, inclusiva y de calidad. En un contexto de cuatro semanas de paro docente y el no inicio del segundo cuatrimestre, las calles desbordaron de gente con el mismo pedido. Exactamente al mismo tiempo, la economía nacional se caía a pedazos. El dólar seguía en aumento y llegaba a picos de 42 pesos, lo que constituía un incremento de 10 pesos en apenas dos días. Los medios de comunicación nacionales se mostraban en estado de desesperación ante la crecida cambiaria, y el estruendo no tardó en llegar a las calles. Por la tarde, se desarrolló una asamblea interclaustro en la que se decidió, después de varias horas de debate, la toma de la Universidad Nacional de Río Cuarto y sus dependencias a partir de las 23 horas. La Comisión de Comunicación de la toma, conformada por alumnos y alumnas de la Asamblea de Comunicación, fue la encargada de tomar las instalaciones de Radio Universidad. Cerca de las 21, subí las escaleras de una radio caldeada, con mucha gente yendo y viniendo por los pasillos. En la sala de reuniones, se encontraban la mayoría de mis compañeros negociando con Mario Agüere, coordinador de la radio. El eje era claro: que la radio no se quedara sin voz. Y la radio tuvo más voz que nunca. A partir de ese momento, fuimos los encargados de llenar de contenido el aire de lo que pasaba a ser Radio Universidad Tomada. La fortuna, el destino o como lo quieran llamar, llevó a mis compañeros a la radio justo a tiempo, ya que después de la decisión de la asamblea, las órdenes del rectorado eran las de no dejarnos acceder a las instalaciones. Nadie sabe qué hubiese sucedido si llegaban tan sólo 15 minutos más tarde desde la asamblea a la radio. Es muy probable que este relato nunca hubiese existido.

Un nuevo día iniciaba, con el gran desafío en nuestras manos. Los primeros días de la toma fueron los de organización, en todos los sentidos posibles. Debíamos decidir quiénes iban a la radio, quiénes salían al aire, los contenidos, las entrevistas, la construcción del discurso que llevaríamos adelante. Por supuesto, y en un ambiente más bien caótico, nada fue fácil durante las primeras horas. Muchos de nosotros llegamos a estar más de medio día en la radio hasta cambiar los turnos y poder acomodar los horarios. Si bien no pasamos el frío de los que dormían en el campus, pasamos el trajín que implicó mantener la radio en funcionamiento, materia en la que ninguno de nosotros era especialista, más allá de nuestros conocimientos propios de la carrera y de que algunos sí habíamos tenido experiencia previa en radio. Nada se comparó a este trabajo que teníamos que realizar, porque no lo buscamos. La coyuntura nos puso ahí. La defensa de la educación pública nos puso ahí. Nuestras convicciones nos pusieron ahí. Nuestro rol, entonces, era mantener viva la voz del medio oficial de la Universidad.

De un día para otro, todos nos convertimos en diagramadores, programadores y conductores de radio. Para el día lunes ya teníamos un esquema base de gente fija en cada horario: a la mañana, a la tarde y a la noche, para cubrir las tres franjas de contenido, y una salida de madrugada donde se recopilaban las mejores entrevistas del día, una especie de “resumen de la toma”. La clave para el funcionamiento de la radio fue la comunicación que manteníamos con los que estaban en el campus, los que participaban día a día de las asambleas y las distintas actividades, charlas y talleres que se dieron durante esos días. Era nuestro “teléfono rojo” para transmitir la información de primera mano. Pero el trabajo en la radio no sólo se basó en el aire, también allí se recibían gran cantidad de donaciones que eran trasladadas a la Universidad, de gente que pasaba a dejar algo material y una felicitación reconfortante.

¿Sabíamos que nos estaban escuchando? Sí, seguro, pero creo que no dimensionamos en ese momento la magnitud de lo que estaba sucediendo. No fue hasta que comenzaron a llegar más llamados y más felicitaciones de oyentes que bancaban la lucha y el trabajo que estábamos haciendo. “Que se cuiden los trabajadores de la radio, porque estos chicos les sacan el laburo”, alcancé a escuchar por los pasillos un día. Sentí orgullo por todos nosotros, pero también entendí la responsabilidad que teníamos. Cada saludo, cada muestra de apoyo, fue un mimo al esfuerzo que hacíamos, pero también un recordatorio de por qué estábamos ahí y la seriedad que demandaba la situación.

“Que la radio no se quede sin voz”, fue el pedido principal en las negociaciones con el coordinador de la radio, aquella noche convulsionada de jueves. Cada uno de los que estuvimos ahí en ese momento y los que fuimos pasando durante los nueve días que duró la toma por el aire de la radio, entendimos perfectamente, casi como una norma madre, esas palabras. En esos nueve días, pasaron por la radio diferentes corresponsales desde el campus, una vez que finalizaban las asambleas diarias; estudiantes de otras universidades y facultades que también estaban tomadas a lo largo del país, como Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Entre Ríos, Villa María, San Luis, Villa Mercedes, entre otras; profesores de nuestra universidad, contando sobre su trabajo en diferentes proyectos de investigación o extensión que llevan adelante; representantes de diferentes organizaciones sociales y sindicales; concejales de diversos partidos políticos; grupos musicales. Todos tuvieron su voz en el aire. Todas las campanas de la situación. Algunos compañeros entrevistaron al rector Roberto Rovere durante más de 20 minutos, y yo pude entrevistar a dos estudiantes que estaban en contra de la toma, en una de sus reuniones en el Concejo Deliberante. Porque la premisa siempre fue darle lugar a todas las voces de la historia, porque como la asamblea era (y es) social y pública, la Radio Tomada también.

Después de nueve días, la asamblea social decidió levantar la toma, el sábado 8 de septiembre. Esa tarde terminó la transmisión de Radio Universidad Tomada, para volver a la habitual programación de Radio Universidad. Las conclusiones fueron muy positivas para todos los que pudimos formar parte de este medio. Nuestro medio. Porque así lo concebimos desde la primer noche, cuando grabamos los pisadores que iban a acompañar la programación. “Radio Universidad Tomada”. La repetición, una y otra vez, al abrir cada espacio al aire de ese nombre, nos dio una identidad que asumimos como propia y que defendimos durante más de 200 horas de programación. Con experiencia radial o sin experiencia, hasta el más tímido agarró el micrófono y capitaneó el barco.

Nos preocupamos y sufrimos. Nos divertimos y reímos. Pero sobre todo aprendimos. Aprendimos mucho más de lo que podríamos habernos imaginado. Por mi parte, jamás pensé en vivir todo lo que viví cuando subía las escaleras, agitado, esa noche de jueves, con el panorama aún confuso. Tomamos el aire, lo hicimos nuestro, lo llenamos de contenido y de voces, de impronta y frescura. Ninguno de nosotros, seguramente, olvide jamás los nueve días de nuestra radio.

“Gracias a todos los oyentes por estar durante estos días. Esto fue Radio Universidad Tomada”. Fin de la transmisión.

Miércoles 19 de septiembre

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