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CRÓNICAS

Juventud y trabajo: ¿Tenemos futuro?

Por Gabriel Marcle y Esteban Viú

Por Lelu Marino


El concepto de joven es relativo. Por ejemplo, a los 22 años ya nos sentimos algo expulsados de los boliches de siempre, las caras más nuevas nos ganan por goleada. Pero el concepto de juventud es aún más relativo en lo laboral. Si tomamos como ejemplo la misma edad, se puede ser demasiado joven para trabajar o demasiado adulto para ser desempleado. En ese dilema nos encontramos y tratamos de ganar una batalla contra un sistema cada vez más perverso. Hoy, los jóvenes tenemos problemas graves con las oportunidades laborales y lo que parecen ser soluciones para los que buscan trabajo se transforman en soluciones para los que quieren contratarnos por el mínimo precio.

Vayamos a un caso concreto para situarnos mejor. El 19 y 20 de abril se desarrolló la Feria de Trabajo en El Coloso Banda Norte. Desde temprano, una fila interminable cruzaba el verde del parque Sarmiento. Los números dijeron que 7 mil chicos y chicas estuvieron ahí. El evento sirvió como disparador para preguntarnos sobre el vaso medio lleno o medio vacío. Sí, claramente es positivo que miles de chicos tengan la posibilidad de conectar con más de cuarenta empresas locales, presentar sus curriculums y tener la suerte de ser entrevistados en vías de conseguir un trabajo. Pero por otro lado nos surge pensar cuán dura es la realidad económica actual que lleva a la escasez de puestos de trabajo. Chicos en sus veintes que ya pasaron por varios lugares o jóvenes madres con sus niños esperando por una empresa que las quiera tomar. Esas imágenes se observaron en la feria, esas que nos invitan a reflexionar.

Los números fríos, hirientes, indican que en la franja de 18 a 24 años la cifra de personas desempleadas o con trabajos informales es del 59%. De los 515 mil jóvenes  que hay en toda la provincia, 298 mil tienen problemas con sus trabajos o directamente no encuentran.

En este punto aparecen los famosos planes para llegar al primer empleo. Existen 4 programas diferentes: dos del gobierno de la nación (Pro-emplear y Jóvenes con más y mejor empleo) y dos de la provincia (Programa Primer Paso –PPP- y Programa Primer Paso Aprendiz). Estas herramientas pretenden reducir la desocupación y funcionar como una suerte de trampolín para el primer empleo formal. Se supone que mediante capacitaciones y prácticas profesionales los jóvenes se formarían y de esa manera iban a acceder a un trabajo estable. Sin embargo la realidad es bien diferente: en muchas ocasiones sucede que el empleador va renovando los planes hasta pasar por todos los programas disponibles y no toma a nadie de manera estable al terminar la experiencia. Así, el gobierno (nacional o provincial) se hace cargo de los sueldos escasos (de $3500 a $4000 aproximadamente) y contribuye, con su falta de control, a reducir la calidad del trabajo de todos los jóvenes. Al final, el salvavidas no es más que un ancla hacia la precarización, al desánimo que implica la incertidumbre del futuro. Los números hablan solos: en el segundo trimestre del 2015 el desempleo entre los jóvenes de 18 a 24 años era del 17.8%. Dos años más tarde, en 2017, ese número trepaba hasta el 26,7%.

 

“En muchas ocasiones sucede que el empleador va renovando los planes hasta pasar por todos los programas disponibles y no toma a nadie de manera estable”     

         

Lucía Pasetti transitó el camino de los programas laborales. “En mi caso trabajé primero con el PPP. Lo utilicé como una puerta para entrar a laburar como todos. Cuando se terminó ese plan continué un año más hasta que no pude seguir. La renovación de esos programas nos afecta porque, con la ilusión de quedar, uno aprende todo a rajatabla y labura hasta el último segundo”, comentó. Luego de esa experiencia, y tras comprobar que la manera más rápida y fácil de encontrar trabajo era a través de los programas, entró a Canal Quatro: “Ahí pasó lo mismo, con la diferencia de que la empresa no renueva y hace recambio todo el tiempo. Yo tuve la posibilidad de quedarme un tiempo más en ese lugar una vez finalizado el tiempo del plan pero tuve que hacer el monotributo para facturar, que es otra herramienta para degradar nuestro trabajo”, aseguró.

Para Lucas Castro, director de la Gerencia de Empleo y Capacitación (GECAL) en Río Cuarto, otro problema es que “muchas veces las empresas esperan el CV perfecto” y ahí es donde ingresa el problema de las expectativas. “Está difícil porque se busca gente con experiencia y en muchos casos es lo que menos tenemos”, nos decía una de las jóvenes en la antesala del ingreso a la feria. Y, cuando el problema no es la experiencia, aparece la aclamada frase “necesitamos de tu predisposición para aprender”. Eso es una especie de código cifrado que, cuando lo traducimos, quiere decir algo así como te voy a pagar poco (si es que te pago) porque tenés el honor de trabajar acá.

No se pretende analizar con ojos fatalistas todo lo referido a los jóvenes y al trabajo, no queremos desatar depresiones en masa, pero algunas huellas nos marcan el camino hacia un sistema viciado por la necesidad de trabajadores y la falta de recursos para mantenerlos. “Sabemos que para algunas empresas es prácticamente imposible tener un trabajador cumpliendo con las condiciones que demanda la ley. Tienen un problema de presión fiscal. Creo que es positivo para empresas que son chicas, estos programas ofrecen la posibilidad de crecer como emprendimiento sin tener que asumir el riesgo de dar de alta a un trabajador”, apunta con total sinceridad Ramiro Congestre, responsable de la Subsecretaría Municipal de Juventud. Un discurso peligroso: implica aceptar que hoy en día la mayoría de las empresas no puede contratar un empleado por sus propios medios, pero también avala un proceso que no permite que el joven se desarrolle en un puesto de trabajo.

La amplia gama de programas suelen presentarse como una salida fácil para el que busca trabajo o trabajadores. Queda la sensación de que se generó un proceso que gana por cansancio, en el que los jóvenes en busca de oportunidades ingresan a una empresa que no tiene que poner ni un peso de su sueldo, ya que de eso se ocupa el Estado. Muchos de estos “pibes” son parte de un proceso de prueba y error, hacen lo necesario mientras se pueda. Ahora sí -para que se entienda- en algunos casos los empleadores abusan de esta situación, ya sea con horas extras no pagas o con la sistemática toma de planes, entiéndase esto como un “sale uno, entra otro”. Un pensamiento recurrente entre los jóvenes que se encuentran trabajando con alguno de estos programas es el de “yo no haría este trabajo porque me piden horas de más o me hacen hacer cosas que no son para lo que trabajo, pero sé que no serviría de nada porque viene otro y lo toma”. Un juego perverso que usa la necesidad como elemento de negocio.

 

“Queda la sensación de que se generó un proceso que gana por cansancio,
en el que los jóvenes en busca de oportunidades ingresan a una
empresa que no tiene que poner ni un peso de su sueldo”

 

Si bien los funcionarios dicen que “es un proceso positivo” nunca hablan de la efectividad, de cuántos jóvenes que ingresan por los programas laborales luego mantienen su puesto laboral. Y es algo muy difícil de determinar, puesto que el único dato disponible es la cantidad de chicos que acceden al plan laboral.

Un dato interesante para pensar es la preparación con la que entramos a la mayoría de edad. Es decir, hay que preguntarnos si las instituciones, sobre todo las educativas, tienen las herramientas para formar a un trabajador en potencia que cumpla con sus tareas y requisitos. Cuando salimos del colegio a la calle, ¿Sabemos cómo funciona el trabajo en relación de dependencia? ¿Alguien nos enseña cómo tramitar y cumplir con el monotributo? Esto implica ir un poco más lejos para buscar alternativas y tener alguna idea sobre cómo salir del abismo de la desocupación para afrontar proyectos propios e innovadores.

 

Martes 1 de mayo

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