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ENSAYOS

¿Qué es ser joven?

Por Facundo Stratta


¿Qué es ser joven? ¿Dónde está la línea que diferencia juventud de adultez? No es un tema dejado, mucho se habla sobre juventud. Lo curioso del caso es que quienes más hablan de los jóvenes son los adultos. No es que su interpretación no valga, pero está bueno preguntarse si su mirada puede estar sesgada por valores de otra época.

El adulto suele pensar la juventud como una “preparación para”. Así deslegitiman el pensamiento joven, que por fresco lo creen inmaduro. Un proceso común a la mayoría es cuando, por ejemplo, abandonamos la casa de nuestros padres y al tiempo volvemos: las ideas o valores diferentes de los que nos enseñó nuestra familia, en general, no se toman con seriedad sino que se le asignan a la rebeldía propia de un período. El choque entre los valores familiares y los que se respiran, por ejemplo, en una universidad, es algo que debemos pensar.

Es probable que el adulto haya atravesado un largo camino de esfuerzo y aprendizaje y, por lo tanto, puede resultarle molesto que venga alguien con menos experiencia a pintarle el mundo desde otro lugar, a decirle que su saber es diferente. Resulta complejo que comprenda que lo  aprendido por su generación no es totalmente falso sino que está, digamos, desactualizado en relación a cómo vivimos los jóvenes hoy. El conocimiento se reinventa, nos formamos conceptos e ideas que nos sirven de armadura y espada para la vida, pero las armaduras se oxidan. Y la cultura no es otra cosa que una armadura social. Aferrarnos al pasado es nadar contra la corriente.

Sin embargo no todo lo conservador es descartable, ni todo cambio es bueno. Entre ambos hay una fina cuerda donde debemos levitar con cuidado. Qué es peor ¿el fruto inmaduro o el podrido? El hecho es que la sociedad ha cambiado mucho a través de la historia, y entonces aparece la pregunta ¿fue gracias a los jóvenes o adultos? Salvador Allende dijo una vez que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. Es sano que un joven presente síntomas de rebeldía, si ocurre lo contrario es que algo anda mal. ¡Gloria a la rebeldía!

 

“Ser joven y no ser revolucionario

es una contradicción hasta biológica”

 

 

Hay una hermosa canción de la banda argentina “Los Espíritus” que dice:

No enseñes a tus hijos, pregúntales mejor
Qué ellos vieron tus manos y tus dichos morir en veredas distintas”

Si hay algo que define a la naturaleza y al mundo es el cambio; nada se sostiene en el tiempo, todo muta y se transforma. Quizás eso sea la juventud: cambio, novedad, movimiento, frescura. Está bueno pensar que la naturaleza renueva las camadas de seres humanos. Imaginemos si fuéramos inmortales: probablemente nos estancaríamos sin una juventud que refresque, que destruya nuestros prejuicios e ideas preformadas. Sabemos que sin pensamiento crítico y sin rebeldía no hay cambios, y que estos deben ser elementos centrales de los jóvenes. Pero la realidad parece desmentirlo. En las aulas nos hablan sobre el pensamiento crítico y, cuando salimos, la sociedad nos dicen que obedezcamos sus reglas y seamos productivos.

 

¿La juventud está perdida?

Obviamente lo está: ¿Cómo no perderse? Somos arrojados a un mundo complejo, con muchas preguntas y pocas respuestas, con un sistema construido por muchísimas generaciones anteriores del cual somos parte sin saber por qué ni para qué. Venimos a habitar en un universo indiferente, una sociedad extraña y hostil. No sabemos quiénes somos, ni a dónde vamos, ni cómo funcionan las cosas, a veces tampoco sabemos bien lo que queremos. No en vano la adolescencia suele ser una época de crisis existenciales que después creemos resolver con la elección de un camino. Nos hacemos una interpretación del mundo, nos aferramos a distintas creencias para vivir. Buscamos algo que no sabemos bien qué es. Y cuando encontramos respuestas, se nos cambian las preguntas. Siempre podemos aprender más y despertar nuestra conciencia, pero parece que la existencia nunca deja de ser un enigma. Y así debe ser, el sentimiento de asombro es algo propio de nuestra más tierna juventud y debe mantenerse -en lo posible- limpio, libre.

Creemos tener las cosas resueltas cuando en realidad sólo somos una mente “contaminada” de prejuicios o ideas que intentan representar lo real, creemos que poseemos la verdad y sólo nos aferremos a una idea momificada, a una foto, mientras lo real envejece, como todo en este mundo, como nosotros. Eso no significa que debamos vivir en un escepticismo radical, necesitamos aferrarnos a distintos saberes que nos permiten vivir bien, cultivarnos y enriquecernos de distintas maneras, pero no por eso cerrar las puertas de la mente y la percepción.

Se dice que la juventud deambula desorientada, que no respeta los valores inculcados por los adultos, valores que muchas veces son rancios, pues hay problemáticas que el joven comprende con más cercanía. Para comprobarlo, hay una práctica que recomiendo: al hablar con un niño, antes de decirle como son las cosas (mejor dicho, como creemos que son) es mejor preguntarle cómo las piensa él. Las respuestas que obtendremos nos sorprenderán y seguramente nos harán replantearnos muchas cosas que creíamos tener re claras.

Las normas restrictivas están para ser rotas, la prudencia se adquiere con el conocimiento serio y profundo sobre los efectos y la naturaleza de aquello que practicamos o consumimos. La juventud siempre estará perdida, no hay otra cosa que se pueda hacer que ayudar a que entendamos y experimentemos el mundo. Dando herramientas, no prohibiendo sino educando, no juzgando sino comprendiendo, no excluyendo sino incluyendo, no omitiendo sino comunicando.

 

Experiencias juveniles

Muchas de las experiencias de los jóvenes quedan relegadas al ámbito privado, ni en las escuelas ni en las universidades se discute sobre las emociones, sobre el amor y el desamor, sobre la sexualidad en todas sus variantes, sobre la experiencia del alcohol y otras drogas. ¿Por qué no pensar sobre la experiencia juvenil? ¿Por qué un tema tan importante es tan poco hablado en las aulas? El adolescente es quién sufre la explosión de las emociones y se encuentra con un sistema que no le ayuda con ellas, la falta de una educación emocional culmina con una sociedad enferma, llena de lo que podríamos llamar “analfabetos emocionales”.

 

“Ni en las escuelas ni en las universidades

se discuten las emociones, el amor, la sexualidad”

 

 

Autores como Lucas Malaisi están planteando llevar la educación emocional a las aulas con un abordaje tanto transversal como curricular. Pues la conexión entre emoción y aprendizaje es innegable. Los jóvenes no son cajas vacías que deben ser llenadas con educación; son, como todos, seres arrojados al mundo que quieren conocer y experimentar. Los adultos son lo mismo. Todos, en el fondo, somos niños que estamos asombrándonos y aprendiendo. Cabe preguntarse si los nuevos ignorantes de este siglo no serán aquellos que no tengan conocimientos sino aquellos que no sean capaces de aprender, desaprender y reaprender, o aquellos que no sean capaces de sentir.

Para finalizar la reflexión, me gustaría que hagamos el ejercicio de pensar más allá de la binariedad joven-adulto. Pareciera que después que obtenemos un título nos volvemos profesionales y dejamos de estudiar, o que después de cumplir 40 nos tienen que dejar de gustar las mismas cosas que les gustan a los que tienen menos años. ¿Cuándo dejamos de ser jóvenes? ¿Cuándo dejamos de ser estudiantes? Quizá sin tantos límites podamos ser más unidos.

Jueves 31 de mayo

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