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CRÓNICAS

Lo difícil de vivir en el Precámbrico

Por Lucía Minkevich

Por Daniel Ramonell


Subimos al colectivo jugadas. Deseantes, organizadas y jugadas.
Nos desbordaba desde hace un tiempo, la necesidad de ser correspondidas ante el mandato representativo de legisladorxs siempre furtivxs. Esta condición nos preocupaba. Esxs representantes podían ser fácilmente olvidadxs y, por ello, mediocres en su actuación. Para no distraernos, un ritual simple iba creciendo en el bondi; recordar sus nombres e intuir sus votos según las coordenadas geográficas a las que respondían de manera política. Era un desahogo encontrar en esas voces que escuchábamos de las entrevistas, algún destello favorable a la causa.

 

Los chubascos fríos de Capital Federal nos cansaban el cuerpo y mientras más agua caía, más esfuerzo hacíamos por desentendernos del dramatismo que nos generaba un ambiente que no terminaba de ser festivo. El verde como signo de lucha hermanada fue infinito. La incertidumbre generalizada también. La veíamos en las pantallas apagadas, en algunos escenarios deshabitados y en la imposibilidad de arrobarnos, de leernos y de contextualizarnos porque los sistemas de telefonía móvil habían colapsado. Estábamos habitando el acontecimiento sin percibirlo del todo.
Cansadas y por equivocación, nos paramos frente al Bauen. Detrás de las puertas polarizadas, nos esperaba un mundo maravilloso en sintonía fina con la marea verde. Decenas de trabajadorxs del hotel recuperado laburaban sin respiro para cuatrocientas personas, acomodando las pantallas y los parlantes que transmitían la votación desde el Senado. Comenzamos a meternos en el cabildeo, hacíamos cuenta y nos angustiaba la sensación de no comprender la oscuridad y el salvajismo de los discursos parlamentarios. Veníamos de ser comparadas con canguras y cualquier cosa podía ser dicha.
Nos asentamos en ese microcosmos inesperado alrededor de cuatro horas y disfrutamos de cada complicidad afectuosa. Mientras, en una esquina del salón, una mesa de radio se iba armando a la espera de la entrada triunfal de algunxs referentes de la revolución de las hijas: Bimbo, Pichot, Mengolini y compañía alimentarían la euforia acuartelada.
Salimos, muchas horas después, agarradas de las manos y respirando por la boca la humedad de la noche, a reencontrarnos con los cuerpos mojados que nunca más iban a permitir que decidan por ellos, los cuerpos soberanos, insubordinados, que quieren tener poder pleno sobre su territorio. Corrimos hacia las pantallas del Congreso de nuestro sector para encontrarnos con la imagen de Pino. Hace tiempo no veía y oía sus expresiones y una sensación extraña me desoló. Me lo tomé con gracia y pensé en él como ese referente que, con la misma facilidad con la que dinamita múltiples alianzas políticas, puede conmover con experiencias lúcidas. A mitad de su discurso, la pantalla se apagó junto con el audio.

 

 

Vagamos unos minutos y, con resignación, decidimos volver al colectivo. En Cerrito y Mitre encontramos una segunda pantalla, volví a ver a mi vieja que venía con compañeras de Ctera, la di un beso y nos metimos en la última muchedumbre a esperar un discurso. Gritos y cánticos anunciaban lo que veíamos en la pantalla. Cristina agregaba el feminismo al ya conocido “Nacional, popular y democráticx”. Me estalló el corazón. Cuando, por fin, ratificó que la votación sería desfavorable, decidimos abandonar la calle. Lo último que escuché antes de subir al taxi fue algún balbuceo de Pichetto.
Me acuerdo de una canción del Indio cuando pienso en ese miércoles en el que nos metimos en ese callejón a esperar el milagro. Fuimos poderosas y solidarias, aun conociendo las probabilidades de que nuestrxs representantes puedan privarnos nuevamente de un derecho por sus doctrinas retrógradas, no solo a nosotrxs sino a todos los cuerpos gestantes de la región. Avanzamos sabiendo que podían revictimizar a las víctimas con comparaciones absurdas y estereotipos dañinos e ignorantes que siguen repercutiendo en nuestros cuerpos. El deseo nos desbordó, jugamos un partido que sabíamos perdido y, sin embargo, estamos seguras de que el milagrito, más pronto que nunca, será ley.

Por las que se fueron, por las que están viniendo.

Gracias a las pibas: Magui, Denise, Lilo, Euge y Macarena y a La Colectiva, por organizar las ganas.

Miércoles 15 de agosto

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