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ENSAYOS

AHORA QUE SI NOS VEN

Por Julieta Fernández

Por Enrique Casaccia


Treinta y ocho y Treinta y uno fueron los números que quedaron resonando en mi cabeza. Entre uno y otro, solo hay siete números de diferencia. Siete votos que hubieran cambiado la historia. Siete personas que creyeron que optando por el NO estarían “salvando las 2 vidas”, un slogan que no hace otra cosa que encerrar conceptos como la clandestinidad, la inequidad, la falta de empatía, la hipocresía.

El 8A se vivió con un clima de esperanza, aunque con un gusto amargo que, a los menos optimistas, nos había generado cierta resignación: “Otro senador dijo que va a votar en contra”. Pero nos dimos cuenta que algo de optimismo nos quedaba: “No importa, llegamos hasta acá, salgamos a la calle y demostremos que este reclamo no es de una simple minoría. Es una deuda que la democracia tiene con las mujeres. Es un derecho sexual y reproductivo que nos ha sido negado durante años.”

El gran protagonista fue el pañuelo verde, ese símbolo que vemos en las mochilas, en las muñecas y en los cuellos de aquellas a las que quizás no conocemos pero esbozamos una sonrisa cuando nos las cruzamos. No obstante, es difícil salir a la calle sola usando el pañuelo de la campaña. Sentís que las miradas se posan sobre vos y escuchas insultos por lo bajo (y “por lo alto” también).

Son las seis y media de la tarde del 8A. Camino rápido esas cuadras que me separan de la Plaza Central. Sonrío. Trato de no escuchar los comentarios y sigo. Llego a la plaza y entre tantos pañuelos verdes encuentro paz. Acá estoy bien. Sin embargo, no faltará aquella señora de 70, o aquel señor de 45 y también el joven de 17 años que hará comentarios y te va a increpar tratándote de asesina o diciendo que el mejor método anticonceptivo es la abstinencia. No importa, tomémoslo como de quien viene. No estamos molestando a nadie, estamos reclamando un derecho que nos corresponde y aunque nos quieran hacer sentir culpables por eso, no lo van a lograr.

Leo los carteles de las compañeras y el orgullo me rebalsa: Todas entendemos que la maternidad debe ser deseada y que cuando no lo es, transitar un embarazo se convierte en una tortura. Entendemos que, incluso si estamos seguras de que nosotras no optaríamos por abortar, no importa. No estamos acá para juzgar a nadie, estamos acá para acompañarnos, entendernos, empatizar. Sororidad, una de las palabras más lindas que me enseñó el hecho de luchar por esta causa.

Marcho junto a mis amigos convencida de que es muy probable que el resultado  no sea el que esperamos. Empezamos a caminar. A pesar del frío, tenemos energía para seguir gritando a viva voz uno de los cantos más lindos que nos regaló el movimiento feminista en la Argentina: “Abajo el patriarcado, se va a caer. Arriba el feminismo, que va a vencer.” La piel de gallina, las sonrisas. Todos y todas las que estamos acá luchamos por lo mismo. Podríamos estar haciendo cualquier otra cosa pero no, estamos acá, pidiendo por una ampliación de derechos para las mujeres. Nos corresponde. Nadie nos hará creer lo contrario. Nadie nos hará pensar que “simplemente tenemos ganas de joder”, nadie nos hará creer que “ya tenemos los derechos que necesitamos” por el simple hecho de poder votar y trabajar. Nadie nos hará creer que somos asesinas cuando lo que más muertes causa es el aborto clandestino, aquel que precisamente queremos erradicar, aquel que secretamente sponsorea a los pañuelos celestes.

La marcha del 8A  logró que, por unos instantes, nos olvidáramos de los tantos comentarios retrógradas que habíamos escuchado durante las primeras horas de la sesión en el senado. Nos hizo darnos cuenta de que fue un largo camino el que recorrimos y quizás sea aún más largo el que nos queda por recorrer. Nos hizo ver que a pesar del negativo pronóstico, estábamos haciendo historia.

Se hizo tarde y tuve que volver a casa. Miré un rato el debate y me quedé dormida. Algo hizo que me despierte cerca de las 4 de la mañana. Hacía una hora que el senado había decidido negarnos el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos. Sabía lo que me podía llegar a encontrar, pero algo me decía que no tenía que perder la esperanza. El corazón me latía a mil. Entré a las redes sociales y allí estaban las repercusiones. No hubo nada más que decir. No, no habíamos ganado pero ellos tampoco. Simplemente decidieron mirar para un costado. Ahora nadie nos puede callar. Lo sucedido en las calles estos últimos días así lo demuestra. Si tuviésemos que hablar de ganadores, el único que ganó es el aborto clandestino, y es muy probable que se cobre la vida de muchas mujeres que por alguna razón no quieran transitar un embarazo no deseado. Y justamente por eso es que tenemos que seguir adelante. Por las que ya no están y por las que lamentablemente se irán mientras este flagelo social continúe. Es por ellas que se seguirá saliendo a la calle. A pesar de los agravios, de la mirada hostil hacia el pañuelo en nuestra mochila, de los comentarios cobardes que se dicen por lo bajo. Si de algo estamos seguras, es que no seremos quienes sientan un cargo de conciencia cada vez que muera una piba por un aborto inseguro y clandestino.

Hace unos días, cuando comenzaron a circular los primeros comentarios que auguraban el rechazo a la ley, me imaginé llorando cuando supiera el resultado. Sucedió lo contrario. Me levanté, me puse el pañuelo verde en la muñeca mientras pensaba “al parecer lo voy a usar unas cuantas veces más” y me fui a trabajar.  Quizás mi corazonada no estaba tan errada. Nunca dijimos cuándo, nunca dijimos que sería fácil. Logramos que este tema se instale en los medios, en los lugares de trabajo, en los colegios, en las universidades, en cada hogar de la República Argentina. A esta ola verde nadie la podrá parar y ahora que sí nos ven, seguiremos diciendo con total seguridad: Será ley.

Jueves 9 de agosto

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