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ENSAYOS

Ahora es cuando

Por Julieta Fernández

Por Enrique Casaccia


La convicción es una de las cosas más difíciles de doblegar, a veces, hasta llegar a un punto de creer que nuestra verdad es la única, ¿Puede eso cambiar? Laura siempre pensó que el aborto era algo atroz e inadmisible, quizás producto de su formación católica o de la idea de que hay que “asumir la responsabilidad de nuestros actos”. Un día en una reunión con amigos, salió el tema y la joven dio un anuncio que dejó perplejos a todos. Se pronunció a favor de la despenalización del aborto. “Yo creo que no lo haría pero no por eso debo interferir en las decisiones de otra persona” dijo. Hubo aplausos en la mesa. El anuncio de Laura no era una muestra de que había cambiado de opinión sino de que, efectivamente, tenía empatía.

El aborto es un tema que divide las aguas como pocos y es prácticamente imposible encontrar a alguien que no tenga una opinión formada al respecto. Lejos de la indignación porque la tradicional “grieta” nos divida una vez más, es para celebrar que no haya una sola postura políticamente correcta y que ya no se trate de un tema tabú. Darío Sztanzrajber así lo expresó: “La realidad es, inevitablemente, conflictiva. Se niega el conflicto porque es laborioso tener que convivir con el otro. Desde esa perspectiva, el aborto no disuelve esa grieta. En todo caso abre otra que lo que hace es reagrietar aquellas zonas que hasta hace poco se consideraba que funcionaban bien.” Más allá de que lo políticamente correcto puede ser relativo, decir  abiertamente que uno estaba a favor de la despenalización del aborto sugería que debíamos callarnos este tipo de opiniones en una reunión para evitar “herir la sensibilidad” de algunos de los presentes. He aquí la negación del conflicto. No quiere decir que tengamos la obligación de hablar del asunto cada vez que nos reunamos en grupo, pero sí deberíamos ser conscientes de que es necesario coexistir con estas diferencias. La legalización sería un gran paso para dar lugar a dicha convivencia. El primero ya fue dado: la visibilización y ya no hay marcha atrás: ahora es cuando.

Recurriendo a la frase armada (aunque cierta) “los abortos se hicieron, se hacen y se seguirán haciendo”, los números nos dicen que aproximadamente medio millón de mujeres abortan al año en la Argentina. Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente 50 de ellas mueren por los riesgos que conlleva realizarse un aborto en condiciones inseguras. Aunque algunos digan que “las estadísticas no son grandes números en comparación con los siniestros viales”, esto no quiere decir que el debate carezca de importancia. “50 mujeres muertas por año puede parecer poco, pero mejor sería que no se muriera ninguna”, dijo Débora Plager en medio de un debate en el programa “Intratables”. La urgencia no es producto solamente de una estadística, sino de una cuestión de libertades individuales y no es casualidad que esto se dé en el marco de un contexto en el cual el feminismo se está fortaleciendo.

Ser feminista implica cuestionarse muchas cosas, entre ellas, los mandatos sociales como la maternidad. Es por eso que el movimiento, si bien contempla circunstancias como las situaciones de violación o la clase social a la que una mujer pertenece, apunta de manera general a disolver el estigma que trae aparejado el aborto y pone en el centro de la escena la lucha por los derechos sexuales y reproductivos de la mujer. Esto no llegó a donde llegó porque los medios se hayan vuelto feministas sino porque un día empezamos a cuestionarnos muchas cosas y no nos gustaron las respuestas que obtuvimos. Y una vez que se llega a esa instancia, no hay vuelta atrás. No nos quedamos de brazos cruzados y salimos a la calle. “Feminazis, vuelvan a la cocina, vayan a laburar” son algunos de los “contra cantos” que hacen eco en las redes sociales cuando se visibiliza nuestra lucha: el derecho al aborto legal, seguro y gratuito es solo una de tantas.

Y una vez más, el mal uso del lenguaje también alimenta la dicotomía a la que esta nueva grieta nos induce. Llamar pro vida a alguien da a entender que la postura opuesta es algo así como “pro muerte” y denominar pro aborto a alguien, lleva a pensar que se trata de una campaña que promueve abortos en masa una vez que se apruebe la ley. Tampoco se trata de un mensaje que demonice a la maternidad, sino que la presenta como algo que debiera responder a un deseo personal y no ser impuesto por mandato social. La discusión, en realidad, es más simple de lo que parece. Se trata de aborto legal o aborto clandestino. El “aborto sí” o “aborto no” escapa a las posibilidades de cualquiera, ya que implicaría incidir en las decisiones de otra persona y a esta altura del partido, no tiene sentido centrar la discusión en eso.

Siempre nos vendieron que la grieta era el peor de los males que podíamos atravesar. No es la grieta, es la intolerancia. La diversidad de posturas nos enriquece y es necesaria para la democracia. De allí, la importancia de saber coexistir con quien piensa diferente. La despenalización, aunque a muchos les pese, es un puntapié para que, tanto quienes están a favor como quienes están en contra, puedan coexistir. Una postura le niega un derecho a quienes optan por esta (difícil) decisión. La otra no obliga a nadie a tener que hacerlo. Hay una clara asimetría en la percepción de derechos de un lado y del otro. La postura en contra del aborto puede existir en un país donde decir aborto sea sinónimo de legalidad. “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”, es la síntesis perfecta de lo que se plantea.

Que no se apruebe la ley es, sencillamente, que las cosas sigan como están. Que no se apruebe la ley es que se produzcan abortos en condiciones inseguras para quienes no pueden pagarlos. Que no se apruebe la ley es seguir alimentando el negocio de unos pocos. Estar en contra de despenalizar el aborto es, inevitablemente, estar a favor del aborto clandestino.

Miércoles 16 de mayo

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