anuncio
FICCIONES

¿Hay sueños sin CV?

Por Facundo Sanchez

Por Luis Bari


Visten bien. Lucen elegantes. Su mochila/cartera, está más limpia que todos los años que la usaron para ir a la facultad. Caminan con pasos temerosos y seguros al mismo tiempo. Estudian previamente su discurso. Están nerviosos, pero saben que no conviene demostrarlo.
Llevan dentro del bolso varias carpetas con sus curriculum adentro. Tienen olor a perfume y a esperanza.
No saben qué decir ni cómo decirlo. Pero van, improvisan el discurso, intentan mostrarse tranquilos. No quieren que los nervios aparezcan, aunque reconocen que es muy difícil.
Eligen los lugares con anticipación, pero incluso estando allí al frente, dudan. Porque tienen muchos empleados, porque no tengo experiencia en esto, porque no me va a gustar, porque no hay nadie adentro así que no creo que estén tomando gente, etcétera. Cualquier motivo, por más débil y fantástico que parezca, será suficiente como para dar un paso atrás y desistir de presentar el curriculum en ese local y llevarlo al siguiente, si es que hay algún otro digno de recibirlo.
Eligen según lo que creen y según el ánimo del momento. En su casa, mientras se cepillan los dientes y escuchan la radio, piensan en lo que van a decir y de qué manera, practican la sonrisa frente al espejo y repiten el mismo discurso una y otra, y otra vez.
Hola, si, ¿qué tal? ¿Estará el encargado o la encargada? Es para dejarles mi curriculum”.
La respuesta ya se la van venir. Nadie les dice que no. Todos, o la gran mayoría los reciben.
Dale, déjamelo. Por el momento estamos completos, pero si necesitamos a alguien revisamos de acá y llamamos, así que cualquier cosa, nos estamos poniendo en contacto con vos.”

 

“Hola, si, ¿qué tal? ¿Estará el encargado o la encargada? Es para dejarles mi curriculum”.
La respuesta ya se la van venir.

 

Saludan de manera respetuosa a la encargada que parecía muy simpática y se retiran. Miran el lugar a su alrededor y consideran que podrían trabajar en ese lugar y que podrían hacerlo muy bien. Se llevan la esperanza en el bolsillo del pantalón.
Continúan caminando, miran las vidrieras y las caras de quienes atienden. Analizan si el local es viejo o está hace mucho, si hay gente joven o gente grande. Estudian cada alternativa, cada posibilidad.
Al final del día, están contentos por el trabajo realizado. Imprimieron ocho currículums y todos fueron repartidos en varios locales del centro. Saben, bien adentro, que seguramente esas hojas impresas en un ciber que le costaron la salida del último fin de semana, y mucho tiempo buscando fechas y corrigiendo la redacción, probablemente estén descansando en una pila con otros tantos currículums compuesto por personas en condiciones similares de edad y de búsqueda.
Pasan los días y las llamadas no llegan. La sensación de sentir algo parecido a la angustia se mezcla con algo parecido a la desesperación. Empiezan a buscar conocidos con trabajo que los puedan recomendar. Se acuerdan del boludo del vecino que nunca quisieron, pero que tiene trabajo en una distribuidora y que probablemente lo pueda ayudar.
Piensan en la manera en la que redactaron el currículum. Se arrepienten de algo que pusieron, que quizá no era necesario y se arrepienten de algo que no pusieron, que hubiera sumado.
Piensan en sus logros, en lo que costó todo. En todas las materias que rindieron para que en ese papel amontonado entre otros tantos, diga “graduado”.
Piensa que lo debería haber puesto en letra negrita para que se notara más. Calcula que si lo hubiera puesto un poco más arriba, se hubiera destacado más. Que quizá no lo llaman porque no vieron que ahí dice “graduado”.
Hace una introspección sobre la experiencia laboral. La cuenta con los dedos de la mano. Las tardes en el almacén de su abuelo, los días en el taller del tío. La vez que salió a repartir volantes con un amigo y el año que, mediante un programa del gobierno, laburó en una papelera del centro. Piensa que le falta, pero que por estudiar no lo consiguió. Piensa que el título debería suplir la falta de experiencia. Pero el teléfono está sobre la mesa de luz y sigue sin sonar.

 

Calcula que si lo hubiera puesto un poco más arriba, se hubiera destacado más. Que quizá no lo llaman porque no vieron que ahí dice “graduado”.

 

Del otro lado de la vida y del río, una persona se levanta a la misma hora todos los días hace cinco años. Se pone la misma camisa que viene usando hace ya dos y que tiene el cuello un poco desgastado. Los zapatos están un poco desteñidos, pero el betún lo disimula. Se sube de manera mecánica al colectivo, mira los mismos rostros que hace cinco años y se baja en la misma parada que todas las demás veces. Abre la puerta del local en el que trabaja, prende las luces, enciende las computadoras. Piensa en el mes que viene, en la decisión que tomó. En el tiempo. En si será lo correcto.
Hace mucho que quiere dejar de trabajar en ese lugar, pero ve como todos los días llueven curriculums de todos los formatos y colores. En carpetas, en folios, en hojas sueltas. Piensa si está haciendo lo correcto. El corazón y la cabeza tienen diferentes respuestas para esa pregunta.
Piensa en la tarjeta de crédito. Piensa en su edad. En que no tiene hijos, en que es el momento de dar el salto, de animarse, de salir a buscar ese periodista que dice que tiene escondido en algún lugar de su pecho, bajo la piel reseca del verano.
Se imagina con tiempo libre, pero sin el dinero que tiene hoy. No sabe de dónde saldrá su próximo sueldo. Tiene un poco de miedo.
Escucha canciones de murga uruguaya que lo motivan a animarse, mientras muchos de su círculo íntimo le recomiendan que lo piense dos veces antes de hacerlo, que la calle está dura. Que no se vaya a mandar una cagada.
Camina mirándose los pies y siente que pisa con más firmeza las baldosas que hace algunos meses atrás. Pero siente, también, que nunca sabe cuándo alguna baldosa puede estar floja y hacerlo tambalear, o directamente, caer.
Piensa en si existirá la rutina, en qué habrá del otro lado de la puerta. Siente incertidumbre. No se quiere equivocar. Pero sabe que equivocarse es una opción.
Piensa en una página de internet, en dedicarse de una vez por todas a aquello que siempre quiso, aunque cueste mil montones, pero que nunca supo cómo hacerlo porque eso no se enseña en la universidad. Siente que es el momento indicado. No sabe por qué, pero lo siente como una cosquilla en el pecho que lo desata y lo hace mover para todos lados.
Lee el último currículum que llevaron al local en el que trabaja hasta fin de mes.
Lee “graduado”, al lado de la carrera que esa persona estudió. Vuelve a sentir esa cosquilla insoportable que se vuelve molesta. No sabe qué decir. Respira profundo y sigue trabajando.

Las realidades disimiles se cruzan en las calles de Río Cuarto desorientadas entre tanto auto estacionado en doble filas. Muchos. Cientos, quizá miles, caminan con carpetas elegantes buscando algún trabajo. Algunos para poder terminar sus estudios, otros porque dejaron de estudiar, otros para mantener a su familia, otros para cambiar el que ya tienen.
Otros, quizá muy pocos, aburridos, cansados, desanimados, piensan en dejar de trabajar en el lugar en el que están hace mucho tiempo. Lo vienen pensando hace mucho, pero nunca saben cuándo tomar la decisión. Que todavía no, que la calle está dura, que búscate algo seguro antes de irte, que pensalo bien.
Unos quieren entrar. Otros quieren salir.
Otros solo quieren ganar. Cueste lo que cueste.
Pero de ellos hablamos otro día.

Domingo 3 de junio

anuncio